Camino hacia...
Las horas descansaban en la penumbra de la noche: el silencio infartado de aquella voz atrapada estremeció a Lucia.
Ésa voz... fría... sólida auscultaba el auxilio que yacía sepultado en su mente.
Su cuerpo paralizado se activó y corrió como nunca antes lo había hecho, sus labios titilaban y, ante ella aparecía una enorme masa muscular que gesticulaba triunfo y altivez. Al mismo tiempo, las incesantes voces frías recorrían cada milímetro de su cristalina piel.
Congelada de miedo su pequeña y sumisa figura expresaba la imagen de un conejito asustado.
De aquella noche espesa y helada, surgió de la boca de la estatua del ángel caído, un humo violeta que conjuraba intenciones...Aquél humo putrefacto penetraba cada poro de su piel cristalina, húmeda y salada, sus pupilas se dilataban y unas gotas de saliva en la comisura de sus labios anunciaban el miedo irreversible de la muerte, a través de la noche silenciosa, eterna y aguda.
De pronto, una frecuencia radial danzaba en su consciencia y el tiempo se hizo presente: Lucía había llegado a su destino.
Ésa voz... fría... sólida auscultaba el auxilio que yacía sepultado en su mente.
Su cuerpo paralizado se activó y corrió como nunca antes lo había hecho, sus labios titilaban y, ante ella aparecía una enorme masa muscular que gesticulaba triunfo y altivez. Al mismo tiempo, las incesantes voces frías recorrían cada milímetro de su cristalina piel.
Congelada de miedo su pequeña y sumisa figura expresaba la imagen de un conejito asustado.
De aquella noche espesa y helada, surgió de la boca de la estatua del ángel caído, un humo violeta que conjuraba intenciones...Aquél humo putrefacto penetraba cada poro de su piel cristalina, húmeda y salada, sus pupilas se dilataban y unas gotas de saliva en la comisura de sus labios anunciaban el miedo irreversible de la muerte, a través de la noche silenciosa, eterna y aguda.
De pronto, una frecuencia radial danzaba en su consciencia y el tiempo se hizo presente: Lucía había llegado a su destino.